Cuaderno
Notas fechadas
Durante estos meses fui anotando lo que iba leyendo y corrigiendo, sin ordenarlo demasiado: una cifra que me sorprendió, un error propio que arrastré más de la cuenta y una fuente que terminé recomendando. Dejo las tres notas como quedaron en el cuaderno, con su fecha, porque el azar reglamentado se entiende mejor cuando uno ve cómo fueron cambiando los números y quién los mide.
12 de marzo
Mil millones en un estado chico
Me detuve una tarde en Australia Meridional, un estado que no llega a los dos millones de habitantes, porque las pérdidas por máquina superaron allí los mil millones de dólares australianos en un solo ejercicio financiero. La cifra sola ya llama la atención, pero lo que me interesó fue la aritmética por cabeza que se desprende: un mercado de esa escala no se sostiene con los pocos casinos autorizados, sino con las máquinas repartidas por clubes y hoteles, donde la mayor parte del parque nacional funciona lejos de las mesas y las fichas de los salones grandes.
Recuerdo que la primera vez que crucé esos mapas creí que las máquinas se amontonaban donde había gente con ganas de jugar, y me equivocaba: aquel reparto nunca fue un azar ni respondía solo a la demanda, porque los estados cobraban impuestos diferentes según se tratara de un aparato de club, de hotel o de casino, y fueron esas alícuotas dispares —bastante más que las ganas del apostador— las que terminaron dibujando dónde convenía enchufarlas. La casa mira, claro que mira, pero la mano que va sembrando las máquinas por el territorio es, en buena parte, la del recaudador.

3 de mayo — corrección
Una cifra que di sin su rango
Vuelvo a una página vieja para corregir un desliz que arrastro desde hace tiempo: en una nota anterior había puesto las pérdidas anuales por máquina en Australia con un solo número, redondo y cómodo, tan prolijo que parecía sacado de un registro oficial. No lo era. Las estimaciones que se han publicado oscilan, según el año que se tome y el método con que se calcule, desde unos veinticinco mil millones hasta más de treinta mil millones de dólares australianos, y esa horquilla no es un detalle técnico que uno pueda recortar para sonar más rotundo.
La distancia entre una punta y la otra es, ella misma, parte de la historia: mide cuánto no sabemos, cuánto depende de qué se cuente como pérdida y de qué fuente se tome. Si tenés que quedarte con un número, quedate mejor con el rango y con la fecha del cálculo; es menos elegante y bastante más honesto. Dejo asentada la corrección para no repetir el atajo.
20 de junio — lectura recomendada
Un regulador que se separó del resto
Terminé de leer una compilación sobre la supervisión del juego en los estados australianos y la anoto acá porque ordena bien un cambio institucional que conviene tener presente. A partir de las recomendaciones surgidas de la investigación conducida por Patricia Bergin, Nueva Gales del Sur creó un regulador dedicado exclusivamente al casino y lo separó del organismo general que hasta entonces se ocupaba de bebidas y juego en conjunto.
Cuando me detuve por primera vez en aquel trámite, lo tomé por un gesto administrativo sin importancia, y sin embargo no lo era: admitía que controlar una licencia de casino —con sus dueños, sus libros y sus movimientos de plata— exige una vigilancia de otra naturaleza que la de simplemente habilitar un club con máquinas. La regulación del casino en Australia habita en estatutos estatales, las Casino Control Acts, y no en una sola ley federal, de manera que una misma conducta puede recibir tratamientos distintos a un lado y al otro de una frontera interna. Si el tema te atrapa, arrancá por ahí antes que por las cifras.